Luis Jorge Hernández  F. /Maria Luisa Latorre C.

La Salud Pública colombiana se enfrenta una vez más a un desafío que creíamos relegado a las páginas de la historia, pero que emerge con renovada y trágica fuerza: la Fiebre Amarilla. Entre 2024 y lo que va de 2025, las cifras son alarmantes y exigen una reflexión profunda y una acción contundente. Se han registrado 97 casos de esta enfermedad, de los cuales 44 han culminado en la pérdida de vidas humanas. Departamentos como Tolima, Huila, Cauca, Nariño, Putumayo, Caldas, Meta, Vaupés, Guaviare y Caquetá se han convertido en el epicentro de este resurgimiento, recordándonos la persistente vulnerabilidad de nuestras poblaciones ante este virus.

Lo particularmente preocupante de la situación actual es la predominancia de la forma selvática de la enfermedad. Este no es un resurgimiento casual, sino una consecuencia directa y dolorosa del progresivo deterioro de nuestros ecosistemas. La mano del hombre, a través de la minería ilegal que desgarra las entrañas de nuestras selvas, los cultivos ilícitos de coca y marihuana que reemplazan la biodiversidad por la violencia y la deforestación que avanza implacable, está alterando de manera crítica los delicados equilibrios naturales. Estos fenómenos, exacerbados por el desplazamiento interno que empuja a poblaciones vulnerables hacia estas zonas de riesgo, crean el caldo de cultivo perfecto para que el virus, albergado en primates no humanos y transmitido por mosquitos selváticos, encuentre nuevos huéspedes en seres humanos no inmunizados.

La Fiebre Amarilla, este “viejo conocido”, nos recuerda brutalmente que la salud humana está intrínsecamente ligada a la salud del planeta. La vulneración de nuestras selvas no solo representa una pérdida irreparable de patrimonio natural, sino que abre la puerta a amenazas directas contra la vida. La incursión en estos ecosistemas alterados aumenta la probabilidad de contacto entre los ciclos de transmisión selváticos y las comunidades humanas, especialmente aquellas que, por diversas presiones socioeconómicas, se ven forzadas a habitar o trabajar en estas áreas.

Ante este panorama, la respuesta no puede ser otra que la prevención y el control riguroso. La vacunación se erige como la herramienta más eficaz y costo-efectiva para combatir la Fiebre Amarilla. Es imperativo reforzar y asegurar la cobertura de vacunación en la población infantil, específicamente en niños de 12 a 18 meses de edad, quienes deben recibir esta protección como parte fundamental de su esquema básico.

Pero la estrategia no debe detenerse ahí. Es crucial dirigir esfuerzos significativos hacia la inmunización de toda la población que reside en áreas consideradas endémicas. La identificación y el mapeo preciso de estas zonas de alto riesgo son fundamentales para focalizar las campañas de vacunación y asegurar que nadie quede desprotegido. Asimismo, es responsabilidad ineludible garantizar que todas las personas que, por cualquier motivo, deban desplazarse hacia estas áreas endémicas, ya sea por trabajo, turismo o cualquier otra circunstancia, reciban la vacuna con la antelación suficiente para desarrollar inmunidad. Una sola dosis confiere protección de por vida y puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Este brote nos confronta con la necesidad de abordar las causas estructurales que subyacen a la reemergencia de enfermedades como la Fiebre Amarilla. La lucha contra la deforestación, la minería ilegal y los cultivos ilícitos, así como la atención integral al fenómeno del desplazamiento, no son solo asuntos ambientales o de orden público; son imperativos de salud pública.

La Fiebre Amarilla ha regresado para recordarnos que no podemos bajar la guardia. Es un “viejo nuevo conocido” que exige una respuesta coordinada, multisectorial y sostenida en el tiempo. La salud de los colombianos, especialmente de aquellos en mayor vulnerabilidad, depende de nuestra capacidad para proteger nuestros ecosistemas y garantizar el acceso universal a la prevención. Es hora de actuar con la diligencia y la seriedad que la situación amerita.

Luis Jorge Hernández  F. /Maria Luisa Latorre C.